Julio Bach ordenaba la pequeña oficina de su casa donde guarda los recuerdos de toda una vida cuando encontró un papel. Estaba ahí, perdido entre tantas cosas que habían sobrevivido al paso del tiempo. Lo tomó. Lo abrió. “Yo seré un Puma como mi abuelo”, decía. Se quedó mirándolo. No era un recorte de diario. Tampoco una reliquia de aquellos años en los que el rugby ocupaba buena parte de sus días. Era una promesa. La había escrito Gastón Figueroa, su pequeño nieto, que juega en Jockey de Salta. Y de golpe lo trasladó más de medio siglo hacia atrás. A Maipú al 600. A una moto atravesando la ciudad para ir a entrenar. Al barro y los cañaverales. A Tucumán Rugby. A una época en la que llegar a Los Pumas parecía demasiado lejos para cualquiera de estas tierras. Para cualquiera que no fuera de Buenos Aires. Hasta que él llegó. Bach fue el Puma 308. Pero el primero de Tucumán.
Bach es sereno. Afable. Tiene 76 años y vive en un country de Yerba Buena. Pertenece a una época bisagra del rugby tucumano. A los años anteriores a la explosión Naranja. A aquellos tiempos en los que, según recuerda, la camiseta era marrón y después tuvo una tonalidad gris. “Tucumán no jugaba bien. Contra Rosario y Córdoba siempre perdíamos. Ni hablar con Buenos Aires”, recuerda. Hasta las palabras eran otras. Bach no era ala. Era wing forward. Son términos de un rugby que parece lejano. Él todavía los utiliza con naturalidad.
El rugby le llegó por herencia familiar. Julio creció junto a sus hermanos Ricardo, Fernando y Gerardo. Ricardo había jugado en Natación. Fernando eligió Tucumán Rugby. Después lo siguió Gerardo. Para el menor casi no hubo discusión. “Y yo, con mayor razón”, dice. Tenía 12 años cuando empezó, en 1962. La Quinta división reunía entonces a todos los chicos de entre 11 y 16 años.
Aquel Tucumán Rugby tenía poco que ver con el actual. En Salas y Valdez había una cancha y poco más. Un pequeño espacio servía de baño. El agua salía de una canilla que también utilizaban para limpiarse después de jugar. Vestuarios no había: los jugadores se metían entre los cañaverales para cambiarse. A un costado estaban las vías abandonadas del tren. Hasta la cancha era compartida de hecho. “A veces teníamos que esperar que dejaran de jugar al fútbol para poder jugar nosotros al rugby”, cuenta. Bach seguía a Fernando a todas partes. Mientras el club levantaba paredes, ganaba terrenos y empezaba lentamente a convertirse en otra cosa, él también crecía. De alguna manera, lo hicieron juntos.
Y Bach creció rápido. A los 16 años debutó en Primera frente a Los Tarcos. A los 17 llegó al seleccionado tucumano. Afuera de la cancha, sin embargo, avanzar le costaba bastante más. “Soy disléxico. Muy disléxico”, cuenta. Entonces ni siquiera sabía qué le ocurría. Las letras se le cruzaban, algunas parecían desaparecer y leer se convertía en una dificultad cotidiana. Estuvo hasta sexto grado en el Sagrado Corazón, repitió, pasó por la Escuela Mitre, volvió a quedarse de curso en primer año del Colegio Nacional y terminó el secundario en el Nacional Nocturno. Fue María Inés Muro, su esposa, quien años después advirtió que era disléxico. Mientras en las aulas avanzaba a los tumbos, dentro de una cancha quemaba etapas.
Durante 13 temporadas defendió a Tucumán Rugby y fue capitán de la Primera durante cinco años. Su nombre empezó a circular. Natación, Universitario y Lince lo llevaron como invitado para giras o partidos. Lawn Tennis quiso ir más lejos: buscó incorporarlo. Julio Paz se indignó. Su hermano Fernando también. Hasta sus padres intervinieron. Finalmente no se fue. Podía vestirse por un rato con otros colores. La suya seguía siendo la “verdinegra”.
Con Tucumán jugó durante 11 años, fue capitán y enfrentó a equipos que por entonces parecían pertenecer a otro mundo: Oxford-Cambridge y los Gazelles sudafricanos. También integró durante tres temporadas el seleccionado de Provincias Argentinas, una de las pocas vidrieras para quienes intentaban hacerse escuchar lejos de Buenos Aires.
Porque la distancia no se medía solamente en kilómetros. Ángel Guastella alguna vez se lo explicó. Si dos jugadores de condiciones similares competían por un puesto y uno era del interior y otro de Buenos Aires, la balanza solía inclinarse por el segundo. Lo conocían. Lo veían todas las semanas. Sabían quién era. “Además de que sea buen jugador, queremos que sea buena persona. No queremos tener problemas”, recuerda Bach que le dijo. Para llegar desde Tucumán no alcanzaba con ser igual de bueno. Había que conseguir que 1.200 kilómetros dejaran de importar.
Mientras intentaba romper esa barrera, Bach llevaba una vida que hoy parece incompatible con la de un jugador de selección. Estaba casado con María Inés, ya tenían una hija y trabajaba en el Ingenio San Pablo. Algunos turnos empezaban a las 2 o a las 4 de la mañana. Controlaba la estiba de las bolsas de azúcar y revisaba los camiones para evitar que cargaran mercadería de más. Después pasó al área de compras. El rugby todavía era eso. Entrenar. Jugar. Trabajar. Volver a casa. Había una esposa. Una hija. Horarios que cumplir. Y bolsas de azúcar.
En medio de esa vida llegó 1975: Los Pumas. Bach disputó tres test matches y participó del Sudamericano de Paraguay, donde apoyó dos tries frente a Brasil en el triunfo argentino por 64-6. Pero hay otro recuerdo, mucho más pequeño, que todavía utiliza para dimensionar lo que significó aquella convocatoria. Cuando llegó al seleccionado le entregaron un saco con el escudo de la UAR y un equipo completo. Todo era suyo. “Para nosotros, que usábamos camisetas prestadas, era increíble”, cuenta.
Habían pasado apenas 13 años desde aquel chico que se metía entre los cañaverales para cambiarse. Ahora vestía de Puma. El viaje desde Maipú al 600 ya no terminaba en Salas y Valdez. Había llegado mucho más lejos. Y entonces, cuando parecía que todavía quedaba camino por recorrer, Bach paró. Tenía 25 años.
La decisión provocó enojo. Algunos no entendían cómo podía dejar el rugby tan joven, después de haber conseguido aquello que durante años había parecido inalcanzable para un tucumano. Pero mientras los demás miraban al jugador que todavía podía seguir, Bach miraba hacia otro lado. Estaba casado. Era padre. Trabajaba. El rugby le había dado una parte enorme de su vida, pero no podía darle de comer a su familia. Eran tiempos amateurs y cada entrenamiento, cada viaje y cada partido también significaban horas lejos de casa.
Eligió irse. No porque el rugby hubiera dejado de importarle. Porque había algo que le importaba más. Después vendrían otros. Muchos. Tucumán crecería hasta convertirse en potencia. Llegaría la explosión Naranja y aquella provincia que Bach recordaba perdiendo contra Rosario, Córdoba y Buenos Aires empezaría a construir otra historia. Los nombres se acumularían. Las generaciones se sucederían. Pero para encontrar el comienzo siempre habría que regresar al mismo número: 308.
Bach había abierto la puerta. Su vida siguió del otro lado. Dejó el Ingenio San Pablo y armó una sociedad con sus hermanos. Tuvieron una inmobiliaria y una empresa constructora. Y siguió María Inés. La mujer que años después descubriría aquello que a Bach tanto le había costado entender durante su etapa escolar. La misma que lo acompañaba cuando el rugby todavía se jugaba entre cañaverales. “Me iba a alentar a todos los partidos”, recuerda él.
María Inés conserva otra imagen. El padre de Julio recorría el lateral mientras su hijo jugaba. Iba de una punta a la otra siguiéndolo y gritando siempre lo mismo: “¡Vamos, Julito!”. “Todo el mundo lo conocía”, cuenta ella.
Julio y María Inés llevan más de medio siglo juntos. Tuvieron seis hijos. Llegaron siete nietos. Y el hombre que a los 25 años eligió alejarse del rugby para dedicarle más tiempo a su familia terminó descubriendo, décadas después, que el rugby regresaría precisamente a través de ella.
Ahora son ellos los que alientan. Alientan a Gastón. El nieto juega en Jockey de Salta. Julio ya no se embarra. No atraviesa Tucumán en moto para llegar a un entrenamiento. No necesita meterse entre cañaverales para cambiarse ni es aquel wing forward que intentaba hacerse visible desde una provincia que parecía demasiado lejos de Buenos Aires. Pero el rugby sigue encontrándolo. En los partidos de Gastón. En las conversaciones. En las fotografías de su oficina. En los recortes que conserva dentro de una caja.
Y en un lugar vacío. Porque entre todos esos recuerdos falta uno: la camiseta de Los Pumas. No está colgada en su oficina. Ni siquiera está en Tucumán. Está en Salta. La guarda Gastón. El mismo chico al que Julio y María Inés ahora alientan. El mismo que custodia una camiseta que alguna vez pareció imposible para un tucumano. El mismo que, sin haber conocido las canchas rodeadas de cañaverales, los viajes en moto ni las madrugadas en el Ingenio San Pablo, un día tomó un papel y escribió siete palabras: “Yo seré un Puma como mi abuelo”.
Julio Bach fue el 308. El primero de Tucumán. El hombre que abrió una puerta por la que después pasaron generaciones enteras. Pero quizás su legado más íntimo no esté en ese número. Está a cientos de kilómetros. En las manos de un chico que guarda su camiseta. Y la guarda como una promesa.